Por Paola Canino
Cuando la Gastronomía se Vuelve Arte: Mi Experiencia en Atrio
En un mundo muy, muy lejano (o por lo menos así se sintió), existe un lugar llamado Cáceres. Como nueva residente en Madrid, he de decir que nunca había escuchado hablar de él, pero por decisión de mis padres fuimos de visita este verano. Es claro que, como buena foodie, no piso un lugar sin antes investigar su escena gastronómica, y así fue como, en este pequeño paraíso rodeado de murallas y empedrados, encontré un llamativo sitio llamado Torre de Sande, que por suerte quedaba al lado de nuestro hotel.
La cena fue tan espectacular que decidimos preguntar por el chef conocido como Toño Pérez. Sin embargo, y —para nuestra buena suerte—, Toño no estaba disponible. Uno de los anfitriones nos comentó que Toño y su socio, José Polo, suelen estar los jueves por la noche atendiendo su otro restaurante, al que llaman “el hermano mayor de Torre de Sande”. Requiere mayor atención, ya que debe mantener su estándar de excelencia por tener tres estrellas Michelin.
Al escuchar esto, tanto a mis padres como a mí se nos iluminaron los ojos. A veces uno no espera encontrar tesoros en el desierto, pero en este caso fue justo lo contrario. Y así fue como, al día siguiente, fuimos a conocer Atrio.
Al llegar a Atrio, te ofrecen un pequeño tour por su cava de vinos, que realmente parece una colección de arte. Los vinos están almacenados en orden de color, variedad, marca y, por supuesto, por años. Es uno de esos lugares en los que, aunque parezca inapropiado, uno quiere quedarse a vivir (si eres amante del vino, claro).
Desde el primer momento entendí que Atrio no era un restaurante cualquiera. Su cocina tiene una técnica impecable y una creatividad que sorprende, pero al mismo tiempo se siente profundamente conectada con su tierra, con Extremadura. Todo gira alrededor de la dehesa, los embutidos y, por supuesto, el cerdo ibérico, que se convierte en el hilo conductor de todo el menú. No es que todo sepa a cerdo, sino que el cerdo aparece como una especie de alma del lugar: jamón, papada, manteca, jugos… cada plato rinde homenaje a ese ADN tan nuestro, pero con una mirada moderna y elegante. Como ellos mismos dicen, se trata de “darle una vuelta al ADN de la tradición local para exaltar los mil matices propios de esta tierra”.
Ahora bien, lo especial siempre se encuentra en la mesa, y sinceramente, para eso estamos aquí. Si pudiera describir la experiencia de Atrio con una sola palabra, sería trascendental. Su menú no solo fue más allá de los sabores, sino que cada platillo parecía una obra de arte que dolía destruir. Sin embargo, no dejamos ni una sola migaja.
Es difícil escoger platos favoritos, pero si tuviera que elegir tres o enfrentar grandes consecuencias, comenzaría por el Bogavante en un glaseado reducido de ibérico con curry verde. Mientras saboreas el bogavante en su completa perfección, sientes la parte crujiente del ibérico y lo cremoso del curry. Sin duda un platillo que me gustaría tener como plato principal, grande e interminable.
Luego, como amante del caviar, no puedo dejar de mencionar el Flan de papada y caviar. Y sí, así como suena: flan de papada. Es uno de esos platos cuya textura desconcierta, pero no necesita explicación: simplemente se derrite en el paladar y te hace preguntarte cómo alguien logró mantener una presentación tan perfecta.
Y por último, pero no menos que los demás, un platillo que nos volvió locos a mis padres y a mí: la careta de cerdo, cigala y jugo cremoso de ave. Lo que más me encanta de comer en restaurantes de alta cocina es leer el menú y, aunque tengas la descripción exacta del plato, no saber lo que te espera. Y eso fue exactamente lo que me pasó con este. Sinceramente, no tengo palabras exactas para describirlo: todo era cremoso, pero no todo era líquido. Al final sólo soñaba con que no se acabara.
En fin, basta decir que Atrio formó parte de una memoria extraordinaria de nuestro viaje, y que solo me confirmó una vez más que la comida y la felicidad siempre van de la mano. A diferencia de lo que nos han inculcado desde pequeños, tengo claro que con la comida sí se juega, que con los sentidos se explora y que, con experiencias como esta, se vive mejor.
CONOCE AL AUTOR
Paola Canino
EXPLORADORA DEL SABOR
Y LA ALTA COCINA
apasionada de la gastronomía y el fine dining que ha convertido su curiosidad culinaria en una forma de vida. Residente de Madrid, España, dedica gran parte de su tiempo a explorar restaurantes icónicos, mesas emergentes y propuestas que redefinen la experiencia gastronómica.